Los orígenes de la fundación de la revista Nayagua beben del mismo sustrato que la mítica finca del mismo nombre en la que José Hierro tanta vida y tanta escritura desgranara. El siguiente texto de Manolo Romero encabezaba el estreno de nuestra revista, Con el número doble (9-10)publicado el pasado diciembre cerramos una primera época que recoje un legado poético y crítico de referencia.
Nayagua, 1969. Un anuncio de periódico: "Se venden parcelas..." lleva a José Hierro, a su mujer, Lines y al amigo fraternal, Solimán Salom, poeta turco y traductor de Nazim Hikmet, entre otros, hasta unos cerros cercanos a Titulcia; en uno de esos cerros, un espartal tapizado de flora que puede curar catarros, aliviar dispepsias, cauterizar verrugas, cuajar quesos y envenenar enemigos, encuentran la parcela que se vende. El terreno es una alfombra de espliego, cantueso, santolina, tomillos... y el paseo por él es mullido; los pies levantan las esencias balsámicas de sus matas al pisarlas y se llevan los pantalones y los zapatos su recuerdo aromático. Parecía que por allí no hubiera pasado nunca nadie salvo su fauna salvaje y algún lugareño que fuera a cazarla. Sitio de conejos, liebres, perdices y todo el catálogo de fringílidos en bandadas: jilgueros, chamarices, lúganos, pardillos... que allí tienen su despensa y su dormidero; ellos musican todo el silencio que se extiende por el monte con la colaboración de las chovas y urracas graznando, los avisos del cuco y la abubilla, el silbo de los abejarucos y los compases de la oropéndola. Más arriba sobrevuelan las rapaces por la luz estridente y por el azul-azul sin una nube que prometa algo de lluvia a este secarral que bautizó Pepe Hierro con el nombre de Nayagua ("no hay agua"). Tras la burocracia de las escrituras, la inmediata toma de posesión; enseguida el Seiscientos cargado de familia y vituallas llega para celebrar a la sombra de una retama la colonización del baldío. Y la primera recolección al caer la tarde y regresar: bolsas repletas de hierbas aromáticas, ramos de espino albar y retama florida, tallos de asfódelos, gavillas de avena glauca, todo útil para el adorno y las infusiones. Consultando la botánica de Dioscórides se catalogaban las plantas y sus virtudes. Se tomaron muestras del terreno para que un amigo geólogo las analizase y recomendara qué se podría cultivar en él. La diagnosis fue: "Tierra compuesta de margas yesosas y calizas (mezclas de arcilla y yeso o arcilla con cal), tierra idónea para la vid, el olivo y el almendro...", que idealizando el futuro iba a dar días de vino, aceite y almendras para todo el año. Cundía la impaciencia por que llegase el próximo fin de semana para seguir explorando el territorio y conocer a fondo su naturaleza. La primavera sacaba del letargo su insectario: saltamontes acorazados y alicortos con diseño del cuaternario, alacranes ibéricos rubios y fanfarrones con su garfio al volapié, archiescolopendras todoveneno, tábanos lezna y halo de zun-zun, episcopales avispones, abejorros retóricos y enjambres por doquier: la infantería, la artillería y la aviación del terreno mísero se puso alerta para defender el secarral contra los intrusos domingueros de las hamacas y las fiambreras que pretendían convertirlo en un vergel. La parcela la forman dos cerros hendidos por una vaguada. Con intuición de zahorí, el poeta ordenó que se ahondase en el punto más bajo de la vaguada para buscar el agua y luego se revistiese el pozo. Por fin el agua manó a unos veintitantos metros, cuando se acababan ya la paciencia, la esperanza y el presupuesto. Una carrucha chillona, una soga de esparto, un cubo de zing y los brazos de la familia y amigos, conseguían que aflorase el agua hasta el brocal. Ese agua, algo salitrosa, asistió a los primeros plantones de pinos, cipreses y arizónicas que llegaron en macetitas de plástico a Nayagua y que ahora forman un pinar frondoso; ese agua crió los tomates más sustanciosos y fragantes que se hayan probado y también al girasol acromegálico y a los ajos del poema La casa. Nayagua seguía siendo la retama campamento con las sillas de lona, la canasta del cuchipandeo y sus límites de dos hectáreas a la redonda. El largo estiaje creativo que tuvo al poeta durante quince años sin escribir versos, se debe sobre todo a esa palabra de dos hectáreas: Nayagua. Al final de 1972 el nombre de Nayagua impreso en azulejos lucía en la entrada de la casa recien construida y encalada. Fue la primera fase de la definitiva que concluyó con la bodega, hecha con el dinero del Premio Príncipe de Asturias, en 1981. Su finca fue el escenario de una de las épocas más felices del poeta, donde encontró el aliento para el último impulso de su creación literaria. Los fines de semana visitaban Nayagua viejos amigos y recientes, alumnos de sus clases para extranjeros a los que hacía espléndidas paellas y sangrías, lugareños rústicos que le ayudaban en las tareas campesinas y le informaban de las peculiaridades de Titulcia, personajes como de Gila injertados en Macondo eran algunos de los que allí acudían a las merendolas. Y también se oían historias maravillosas, las historias maravillosas que aparecen en las "Cinco cabezas", como la que contaba una primavera de 1974 el grabador Dimitri Papageorgiu: solía suceder en su pueblo, una villa del litoral griego. Cuando a una mujer embarazada le quedaba un mes aproximadamente para dar a luz, se reunía con la familia y amigos para celebrar una fiesta. Después del banquete, tras los postres, el futuro padre sembraba en una jardinera semillas de ciprés, para que coincidiese su germinación con el nacimiento de la criatura. Si nacía una niña, la plantita que germinó ese día se trasplantaba a un pequeño tiesto; a partir de entonces se convertía en el tótem familiar. Cuando su cepellón reventaba ya la maceta, se trasplantaba a tierra firme y su altura servía de referencia al crecimiento de la niña. El ciprés se agigantaba con el tiempo y cuando la adolescente se convertía en moza casadera, volvía a oficiarse otra ceremonia mágica: la familia y los amigos con la chica y su novio festejan su compromiso de boda; tras los postres, el novio, con un hacha, talaba por la base el ciprés; después, con el tronco fabricaría el mástil del barco donde harían la luna de miel. Luego, la embarcación les servía para ganarse la vida como pescadores. Esa costumbre maravillosa se contagió entre quienes la escuchamos y después divulgamos; ahora en los cerros crecen cipreses que corresponden a las nietas del poeta y a los hijos de amigos que han trasplantado allí el testigo vegetal de su nacimiento. Parece que todo fue ayer pero el crecimiento salvaje del pinar, la longitud de los cipreses, los matojos cubriendo las huellas de las sendas que llevaban a la casa, la casa enquistada en su silencio lo dicen todo. El tiempo ha pasado como un vendaval de olvido, pero la desidia no ha de borrar lo inolvidable. Quienes vivimos aquella época de flores y alegría, de siembras y cosechas, quienes vendimiamos y nos lo bebimos todo... hemos llegado hasta la casa para abrir sus puertas y ventanas, para que se ventile y vuelvan los recuerdos y nos hemos traido al Centro de Poesía el nombre del lugar, los azulejos que lo nombraban, para rescatarlo del olvido y trasplantarlo a la cabecera de esta revista que ahora nace: Nayagua.