Jueves, 25 de Abril de 2019
Poemas de Hierro
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Del taller Viaje al silencio Dirigido por Cristina Sánchez-Andrade

Selección de textos

Segunda y tercera convocatorias

 

 

Acariciar un gato

Para lo indicado necesitamos: un gato y un deseo. No vale un deseo cualquiera, de mala gana. Debe ser una plena intención de acariciar al gato.

El primer paso es acercarse. Acariciar desde la distancia suena romántico pero es ineficaz. Aproxime su mano cargada de respeto. La olerá y algo en su olor va continuar o zanjar la conversación (un enfado o un beso que traiga pueden ser definitivos). Si sigue adelante, notará una suavidad húmeda. Superado este punto, continúe el contacto hacia la cabeza y en un gesto de confianza mutua llegue hasta el nacimiento de la cola.  Repita el movimiento tantas veces como ambos acuerden. Notará ajustes milimétricos de su musculatura paravertebral, de ascenso y descenso, de bienvenida y despedida –usted, animal bípedo, no intente imitarlo–. Puede enredarse en la cara, en jugar con los bigotes a que se le escapan entre los dedos como un hilo al hilvanar. Pruebe en la delicia de las orejas. Le pedirá que se entretenga en el nacimiento de la nariz, donde la presión debe ser precisa. Descienda por un lateral hasta debajo de su boca. Ahí está la clave. Si nota una vibración mantenida, arrulladora y líquida, puede quedarse.

Fije la mirada, los ojos con los ojos. Verá cosas increíbles: el origen del universo, un recuerdo de la infancia, algo de realismo mágico. Si se mantiene con firmeza, al fondo, está usted mismo.

Olga Gallego

 

Dentro o fuera 

He visitado muchas veces este espacio que está dentro de otro mucho más grande que lo transfigura dependiendo de los caprichosos avatares de la Naturaleza. La armonía de ambos es perfecta, el fuera y dentro se confunden, así que da igual dónde te encuentres.

La barrera que separa uno de otro es transparente y te permite preparar el ánimo para lo que luego acontecerá, pero en esta ocasión no fue así porque lo que allí había era apenas perceptible –¿qué sería?

Nada más entrar me volví a sentir dentro de una enorme burbuja de aire formada por cientos de cristales engarzados en metal pero nada de ahogo la respiración era fluida, podías tocar el cielo. La luminosidad otoñal lo impregnaba todo y las nubes, preñadas de lluvia, rodeaban el recinto como viejos algodones protectores. Las hojas multiformes vestidas de marrones, rojos y dorados, empapadas y etéreas bailaban al compás del viento, bajaban y se acercaban inconscientes de su romántico destino: ser la guirnalda que corona el edificio, allí pintaban sus colores.

Había mucha gente variada, curiosa, ralentizada y un murmullo respetuoso. Llevaban cámaras, móviles y folletos informativos porque allí dentro estaban ELLAS de enormes cabezas transparentes de trama metálica con multitud de formas cóncavas y convexas, suspendidas del techo, iguales pero diferentes, cibernéticas y humanas, de aspecto sereno invitando al silencio, sus cuerpos ausentes se desvanecían en ríos de alambre. Sabíamos sus nombres y nos preguntábamos quién era quién pero poco importaba porque las tres reinaban por igual. La visión era futurista pero muy íntima, ellas y tú. A su lado o alrededor podías descubrir sus detalles, sus secretos, las líneas, la luz, lo material y lo inmaterial. Desde la distancia pude observar algún perdido rayo de sol acariciando aleatoriamente sus líneas y, entonces, el vacío se volvía masa y hasta parecían sonreír. Estaban y no estaban como, algunas veces, estamos las personas. 

Qué mágico es trasladarte al futuro en un precioso contenedor del pasado, es otra de las muchas cosas que sientes cuando estás allí. Eché de menos poder, aunque fuera sólo rozar, algo de su ser.

Mª Victoria Martín

 

El soniquete de los ajos

Los dos giros chirriantes del llavín anunciaban la primavera. Eran las doce del mediodía y Ramona, después de guardar este en el bolsillo de su falda fruncida, movía las caderas pateando la calleja más de una vez. En su delantal, usado de más, llevaba los pocos avíos que habían quedado en la alacena. Era difícil no saber por dónde había tirado Ramona nada más cerrar, ya que una tufarada a cebolla echada a perder invadía la calle y el soniquete de los ajos enteros la acompañaba bailando por el camino, metidos en el almirez. Lo peor eran las raíces blancas que habían nacido de las patatas viejas, la rebusca había sido muy buena en el invierno pero ya no aguantaban más. Tiesas se clavaban en el delantal, advirtiéndola de que era mejor comérselas ya. Con el pan del día anterior que el niño había traído haría un buen bollo de sopas. Con ganas, sujetaba por las puntas inferiores la tela que subía hasta la altura del vientre soportando aquel bamboleo. Todo lo sobrellevaba, todo, menos…

— ¡Apartarse de la puerta! ¡Que os apartéis de la puerta! —les gritaba dos o más veces hasta que se les antojaba cambiar de sitio y dejaban el portón libre. Al abrir una bocanada agría se venía a la boca de Ramona y aparecía sin contemplación, la vomitona diaria.

— ¡Vete pa tu sitio, no ves que vengo cargá y me pongo mala! ¡Que he dicho que te vayas con ella! ¡Anda, muévete!

—¡Quítate de aquí! –gritaba de nuevo, atizándole un golpe de medio lado con la abarca de goma.

"La Canita" esperaba su turno y Ramona, con el estómago estragado, descargaba los avíos al lado de la chimenea donde estaban colgados los haces de leña que ella misma había cortado en el monte y que, en parte, servirían aquel día para prender el fuego de la comida. Con la navaja de cortar las mieses que siempre llevaba en el bolsillo había saneado entre una arcada y otra la cebolla, cascado las patatas y machado los ajos. Solo faltaba la migaja de aceite que el puchero ya albergaba antes de poner todo al fuego. Bien pronto comenzó el gorgoteo y el olor a guiso tranquilizó a Ramona. Ahora les tocaba el turno a ellas. Se armó de valor y llegó hasta los comederos; sorteando las boñigas y las cagarrutas que había a su paso.

—¡Aquí tenéis vuestra ración! ¡Vamos, acércate ahora Canita! —añadió mirando sus grandes orejas. A la otra no hizo falta decirle más, ya estaba rumiando.

Ángeles Martín

 

Despertares

Llevo días intentando captar el momento en que abro los ojos. ¿Primero me despierto y luego los abro, o el mero hecho de abrirlos es el propio despertar? Esta extraña investigación me obsesiona. Al fallar no tengo otra oportunidad hasta la mañana siguiente y eso me frustra: soy impaciente por naturaleza.

Hoy me despertó un sueño. Es diferente. Está claro qué viene primero en este caso. No lo quise seguir. Era desagradable, aunque ni siguiera me acuerdo de qué iba. Abrí los ojos para no vivirlo más. Aun así sentí una gran satisfacción: hoy supe cómo funcionó.

A veces me despierta mi hija y me da sensación de que me sacan de allí tirándome de los pelos. Es doloroso. No lo quiero, aunque a ella la quiero tanto. Antes me lo hacía hasta diez veces por la noche. Entonces cogí miedo a irme a la cama. No quería que anocheciera, a pesar de sentirme agotada. No quería quedarme dormida para luego no poder estarlo más de cuarenta minutos seguidos. A veces pensaba que me iba a morir o volverme loca. Pero sobreviví, aunque no lo he olvidado.

No me gusta el despertador. No me gusta tener horarios. No me gusta que me despierten. Me gusta dormir. Hay días que me gusta más que estar despierta. Algunas personas dicen que dormir es perder horas de tu vida. Yo también lo pienso. Por eso araño cada instante para no irme a la cama. Pero por la mañana me convierto en uno de los que prefieren que haya más horas de esas perdidas.

Ludmila Komsomolska

 

Un mal cuento lo tiene cualquiera

Llegamos a casa ¿del cole? ¿del trabajo? y nos quedamos mirando la puerta. Seguía siendo una puerta verde metálica un tanto desvencijada, pero las cadenas que cruzaban las barras le daban una apariencia hostil. También habían cambiado las cerraduras. No podíamos entrar.

Enseguida, en el patio de nuestra casa, a nuestras espaldas, se formó un corrillo de voces. Un crítico opinó que había que abrir la puerta como fuera; un buen cuento tiene que empezar con una puerta que se abre; al fin y al cabo, no habían cambiado la cerradura de la puerta del taller de mi padre, que estaba ahí al lado, y sería muy fácil encontrar unas tenazas con las que arrancar esas cadenas. Otro crítico sostuvo que era imposible que la trama avanzara ante una puerta cerrada; ni siquiera merecía la pena escribir un cuento sobre una puerta que permanece cerrada para siempre; de hecho, si no abríamos la puerta ya mismo, él no estaba dispuesto a aparecer en este cuento tan mediocre y se borraría a sí mismo en cuanto acabara esta oración. Una crítica alzó los brazos al cielo y clamó que esa puerta cerrada era un atentado contra la buena literatura; le ardía la sangre al pensar en cuántos lectores, aburridos, habrían abandonado ya la lectura de estas líneas; se sentía insultada porque estábamos llegando al final del párrafo y todavía las cadenas seguían ahí.

En medio de los críticos vociferantes, se abrió paso un señor alto, de pelo cano. Era el abogado que vivía en el barrio.

No podemos forzar la puerta, explicó, porque eso complicaría nuestra posición en los tribunales. Habló en voz queda, como si el asunto no le importara demasiado. Me voy ya mismo a tramitar la denuncia.

El abogado se marchó y se hizo el silencio en el patio. Los críticos, cabizbajos, se supieron derrotados. Empezaron a desfilar hacia la calle.

—Pues vaya birria de cuento. Si lo llega a saber, no vengo —dijo una crítica que había guardado silencio hasta ese momento.

—Mujer, quizás el segundo capítulo sea más interesante.

—Pero qué dices. Todas estas historias son iguales. Va a ser una birria, te lo digo yo.

El crítico que había amenazado con borrarse a sí mismo apoyó la mano sobre mi hombro y me dijo que lo sentía mucho, que era la vida que me había tocado y ya está. A cada uno le toca la suya. No había que darle más vueltas. Pasa a la siguiente página, chaval, y ya está.

Pensé un momento en todos los juguetes que se habían quedado encerrados al otro lado de la puerta. No volvieron a ser juguetes. Cuando los recuperé, años más tarde, ya adolescente, solo me parecieron trozos de plástico descoloridos. Ni se me ocurrió volver a jugar con ellos. Pero lo que a mí me preocupaba era la ropa. Mañana tocaba gimnasia y mi chándal estaba ahí dentro.

—Mamá, ¿qué me voy a poner mañana para ir al cole?

Mi madre no me oyó. Estaba discutiendo con un crítico vociferante la estructura de los capítulos siguientes.

Máximo Sáez

 

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Lo guardaba junto a uno verde cuyo par se había comido el perro. ¡Ay, Curro! Hacía meses que el perro había muerto de puro viejo. Lo acompañaba a las funciones y se quedaba quieto entre bambalinas. Cuando terminaba el número de las marionetas se ponía a aullar. A los mayores les hacía gracia y aplaudían, pero los jóvenes ya no entendían que el perro estuviera allí y que aullase cuando Charly terminaba su espectáculo con dos calcetines viejos, uno verde y otro rojo hablando entre ellos. La artritis hizo el resto.

La última vez que se desmaquilló fue en un cuentacuentos para niños. Llevaba tiempo pensando en dejarlo. Pero aquella tarde, el espejismo volvió. Los niños reían viendo a aquellas dos manos gesticular. Hasta aquella presión en el pecho y el sudor frío.

Como aquella tarde, se acodó sobre las rodillas y lo vio. El calcetín rojo estaba entre el somier y el colchón. Se lo puso en la mano. Se puso también el verde. Desde su mirada de botones viejos, los dos calcetines comenzaron a hablar. Charly intentaba replicar pero apenas lo dejaban intervenir. Hubo un silencio. Los calcetines miraron a Charly, hicieron un gesto de aprobación y se lanzaron a morderle el cuello con sus bocas de tela. Apretaban fuerte. Siguió notando la presión un rato. De repente todo cesó. Pensó que estaba muerto, pero todavía oía el tic-tac del reloj de la mesita. Suspiró. ¡Ay, Curro! Ni para esto sirvo.

Javier Sarabia

 

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