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La dictadura de la perspectiva

La dictadura de la perspectiva

Pablo López Carballo
Trea
2017

ISBN: 97-884-97049-67-2

La dictadura de la perspectiva

Texto de Olvido García Valdés (completo en Nayagua 28).

 

Pablo López Carballo (Cacabelos, León, 1983), que sostiene una de las propuestas intelectuales y creativas más ambiciosas de la joven poesía española, ha publicado dos poemarios: Sobre unas ruinas encontradas, merecedor del IV Premio Internacional de Poesía Joven La Garúa en 2008 (La Garúa, 2010) y Quien manda uno (Amargord, 2012), así como el libro de relatos Crea mundos y te sacarán los ojos (El Gaviero Ediciones, 2012). Ha codirigido el espacio virtual de crítica Afterpost, y publica sus colaboraciones en distintos medios.

La dictadura de la perspectiva es, pues, su cuarto libro, y ya desde el título nos introduce en un asunto que parece en primer término afectar a la pintura –y a las rupturas que en ella se han producido–, pero que afecta también a la poesía y más en general a los modos de percepción. Al fin y al cabo, la perspectiva, que parece tan natural al ojo, es una abstracción, una elaboración regida por leyes complejas, como lo son también, por ejemplo, las que han dominado las convenciones literarias.

Pienso mucho en la lectura y escritura de poesía, es a lo que he dedicado la vida. Hace unas semanas leía un texto autobiográfico de Nishida Kitaro; se titulaba «Sobre mi modo de pensar», eran dos breves páginas escritas en 1945, poco antes de morir, ya anciano, y me sorprendió un momento de queja, de cierta amargura. Decía Nishida: «mi lógica no ha sido comprendida por el mundo académico. Más aún, puedo decir que no se le ha prestado –en serio– la más mínima atención. Y no es que hayan faltado críticas. Pero se han limitado a criticar, a base de objetivar mi perspectiva desde la suya. No se trataba de críticas que se situasen en mi propia perspectiva. Una crítica hecha desde una perspectiva diferente a la del autor, sin entender lo que está criticando, no puede considerarse una auténtica crítica. Lo que yo busco es, ante todo, una comprensión de lo que estoy diciendo desde mi punto de vista». 

Recordé que también Walter Benjamin pensaba que la crítica –la lectura, diría yo– ha de ser interna a la obra, y que el valor de esta se evidencia en esa misma posibilidad. La buena crítica, la buena lectura no trata de juzgar, sino de comprender, en la medida de lo posible desde dentro, la articulación de la obra.

La poesía de PLC, de textura fragmentaria o deshilada –como quien va cortando ciertos nudos–, es, sin embargo, de consistencia tramada, urdida por algunas preocupaciones, casi obsesiones, que la recorren y vertebran. Hasta el punto de que se podría decir que La dictadura de la perspectiva se anunciaba ya o tenía su embrión en su libro inicial, Sobre unas ruinas encontradas. La primera sección de aquel se titulaba «Pretexto del ojo», y uno de sus poemas, «Explorando lo conocido», decía: «Entre el ojo y la forma / hay un abismo; y detrás otro / y antes. Ya sin retorno / sin saber a qué mirar / pendido entre abismos intento enfocar. / Busco un punto de fuga, / una fuente, el horizonte en retroceso / hierba y azul, otro punto, / la expansión de una playa. Busca / el ojo semidesnudo antes de cerrarse / una nueva relación. El sueño / es una parábola. Otro ojo / la forma es un conjunto / de abismos». Pero habría que aclarar enseguida que la preocupación, casi obsesión, de esa escritura no es la pintura o el arte, ni la evolución histórica de las convenciones de la representación, aunque el interés por todo ello sea genuino. Lo que interesa es el funcionamiento de la lengua, en el poema y en el uso común, en su relación con el mundo; cómo la construimos y nos construye; lo que genuinamente interesa es el propio vivir y las relaciones con los otros en la vida colectiva.

En este libro, La dictadura de la perspectiva, impresiona el equilibrio entre lo que se sabe (lo que quien escribe sabe, y que pertenece al ámbito del conocimiento y la conciencia, al campo de problemas estéticos que son también problemas del pensamiento –lo que se sabe–), y la confianza en lo que no se sabe. Es importante: confianza en lo que al escribir no se sabe. Confianza en una lengua que impulsa al poema por terrenos inquietantes, abiertos, cuya dirección desconoce y hacia la que, también como lectores, nos dejamos llevar. Quien escribe confía en lo que desconoce y busca; pero sabiendo, conociendo lo que se ha hecho, cuáles son los problemas que han ido propiciando los distintos modos y formas en las distintas artes.

¿Cuáles serían entonces los problemas estéticos y de pensamiento, también políticos, que están en la raíz de este libro y, me parece, en los anteriores de PLC? Ya al comienzo, en el llamado «Pórtico», aparece Paolo Uccello, Paolo Dono, uno de los padres de la perspectiva, y el poema formula las cuestiones que van a ser clave para todo el conjunto: la primera, el poder de la representación (es decir, de la lengua, del arte) para construir mundos, lo que implica también organizar y jerarquizar lo que hay en ellos: «el mecanismo que dirime / lo que debe perdurar; y el cielo y el infierno». La segunda, señalar lo que toda representación tiene de fantasmagoría, lo ilusorio de ese mundo construido, más acusado aún en la fijeza visionaria de este pintor; no hay ningún hilo directo entre lo que aparece, imagen o palabra, y la cosa en sí; dicho con el enunciado original, solo sabemos de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas: «Paolo Uccello nunca vio un caballo. / Imaginó que los pájaros / en sus picos / con sus patas / traerían uno de lejos hasta su estudio / y se levantaba por las mañanas, / respirando Arno y pintura / pensando en cómo lo vería, cuál / sería la primera imagen del caballo / que aparecería rodeado de pájaros». Y la tercera cuestión, decisiva una vez enunciado lo anterior, señalar un poco paradójicamente lo que esas imágenes, esa representación o mundo construido tiene de realidad presente y de realidad futura, o su capacidad para, por así decir, hacer real y visible lo invisible; no lo invisible como algo oculto, misterioso o metafísico –aunque quizá también–, sino el mundo material y su presencia misma; cómo esa forma de representación, ese extraño constructo mental de la perspectiva, ese mundo «de pintura y Arno», da cuenta del mayor esfuerzo de la mirada, y logra hacer presentes objetos y seres que perviven plenos ante los ojos de quien escribe: «Paolo Uccello murió, como pocos mueren, / por mirar demasiado. Enterraron / su cuerpo cuando ya no estaba en él / y se perdió en el tiempo, pintando / las piedras y los árboles que yo vi al nacer. / Al abrir los ojos supe que él había pasado por allí». Lo que era fantasmagoría se ha vuelto vida que perdura.

(Reseña completa en Nayagua 28.)

 

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