Martes, 26 de Marzo de 2019
Poemas de Hierro
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Del taller Nihil sub sole novum y sin embargo Dirigido por Ignacio Miranda

Selección de textos

Primera y segunda convocatorias

 

dónde el sur
dónde el pasillo estrecho, el cuarto de pila
dónde la cancela y el aceite
                                                    en el plato 

la pared encalada
las voces roncas
de los que pasan por detrás 

nosotros esperamos
en la puerta del cine
pero el techo está roto y hay goteras 

y a lo lejos alguien dobla una esquina
para entrar en otra calle donde no caminará solo.

José María Nievas

 

Oda a la palabra

Una y múltiple,
Palabra,
en ti se encierra todo.
Saltabas sigilosa cada noche
a mi leve pensamiento
que descansaba en ti.
Eras palabra águila, caballo,
mariposa
o alfombra mágica
que invitaba a volar lejos,
fuera del cuarto niño,
del horizonte cercano y conocido,
donde esperaba el sueño
para hilar el tejido de la noche
que sigue a cada día.
Palabra pan caliente,
agua fresca de pilón,
jara y resina,
lagartijas, jardín, moreras, chopos
y solo dos palabras:
"¡A comer!".
Palabra de verano y de armonía.
Palabra sabia
que conocía los labios
de ternura de la madre.
Palabra beso,
juego, canción, nombre:
mi nombre y el de otros.
Palabra de los cuerpos enlazados,
manos, brazos, abrazos...
Palabra ronca, perdida, susurrante,
apenas un quejido...
Asombro del encuentro.
Palabra redonda, jugosa,
quebradiza, balbuciente, intranquila.
Palabra sin registro:
burbuja que estalla
en un arcoiris;
vestigio cavernario de la carne;
luz, luz y fatiga que asciende
después de arrastrarse a lo más hondo.
Palabra aguja que hiere,
filo de acero, espina...
Palabra huella de la memoria
humilde y sagrada.
Palabra despojada,
clara, desnuda, cristalina,
perfil preciso del mundo.
Palabra ostra, caracol, bibalvo
que nombras el silencio
y aquello
que apenas intuimos.
Palabra mensajera,
adivina sin tregua,
invento atrabiliario
que guardas en tu entraña
lo que fue, lo que es, lo que no ha sido.

María José Chaves Abad

 

[Od., IV, 143, 144

siempre en la risa la sonoridad del padre                             la misma
marea agita          undoso        el pelo 

tales eran los pies de aquél, y las manos, y el mirar de los ojos 

y el eco reverberando el eco
                                                                           y el pulso            ? trascendido

  

                                                                                    -me he encontrado en ti, padre

Mónica Alarcón

 

OASIS 

Meditabundo suspiras
entre las arenas rosadas
del oasis oscuro.
Lobo al acecho
entre columnas de cactus.
Luna sobrecogida por el ímpetu
voraz
del alimento no conseguido.
Laguna seca en rictus abierto por la piedra.
Ha caído el murciélago
bajo sus alas rotas
movimiento circular
de reloj invertido
paciencia escondida
en forma de flor
bajo la duna.
El oasis se estremece
por la voz dicha
las palabras…
y una ocasión más
que ha acabado en una caja
de madera.
Silbidos superpuestos
unos sobre otros
en columnas apiñadas
y dejar pasar un minuto mínimo
en la distancia
de nuestros pasos
hoy menos sólidos
y secuestrados por la sombra
de un oasis seco.

                                                          Sandra Sánchez Oliva

 

Herida de arma blanca

Nací herida de arma blanca
Blanca  herida congénita
Por donde sangra la vida y se regenera
Aún queda la cicatriz abierta en hiperestesia.
Nací en un mundo habitado por hombre’s
Que no son sanitarios
Que no saben que hay que dejar un pleur-evac
Para que drene  el humor de amor en silencio condensado
Nací herida de arma blanca en el áfrica negra
Donde suturan las heridas con infecta seda negra
Sepsian el alma     mala praxis     vergonzante
cortan la rama          para que no trepa la flor
Y me dejan fértil tierra bosquiana
Castrado jardín de las delicias. 

Charo Peña

 

Un estanque se materializa
en una elipsis del mundo. 

En el espacio del núcleo
de un átomo. 

Mucho antes,
un pequeño protón. 

Muchísimo más atrás,
un punto matemático. 

Y fue el Big Bang.

Inma Buenestado

 

El tiempo que te lleva

Te tocaron el arpa
cuando estabas acuchillada
entre mármoles blancos. 

No hay piedras,
ni humo,
ni niebla
que impida tu viaje
por carriles dorados
donde no transcurre
el tiempo
que te lleva
a una estación
de enredaderas. 

Se han quedado silentes
tus tijeras
y la sal de tus huesos
me ha cegado el aliento. 

Ya no saldrán
sarmientos en tus dedos
por culpa de la noche. 

Juan López Montesinos

 

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