Sábado, 23 de Septiembre de 2017
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Historial

Historial

Marta Agudo
Calambur
2017

ISBN: 978-84-8359-401-8

Historial

Enfermedad sin tregua

por Pilar Martín Gila (Nayagua 26).

Historial es el título del último poemario publicado por Marta Agudo en la editorial Calambur. Hace referencia al historial médico, a la situación y circunstancias de una enfermedad. De esta forma, podemos decir que su autora procede como quien pone las cartas sobre la mesa, lo primero que encontramos aquí es un diagnóstico: «enfermedad sin tregua», y con él, ese espacio de soledad insondable, sin intercambio ni comunicación posible, donde se aloja el mal invariablemente, cuando nos hace su visita. «El día 15 de mayo a la una menos veinte tomó un café a solas porque todo lo verdadero resulta intransferible, y el dolor, que sólo sabe de presente, se acomodó de acuerdo a su designio.» A partir de ahí, Marta Agudo concibe un mundo que parece ir persiguiendo una mejor explicación, un sentido mayor del que encontramos habitualmente en las cosas que nos rodean. De los lugares a los que mirará ese mundo en conmoción, el cuerpo será algo que, de pronto, va a adquirir una inusitada densidad, podríamos decir, una realidad rigurosa, independiente. La enfermedad da tal dimensión al cuerpo, tal resistencia que lo abarca como un espacio en el que todo cae, una especie de pozo en el que se va desvaneciendo el tiempo. «Si estar enfermo es un continuo sobreponerse, si estar enfermo es matar al tiempo con tu espacio, si estar enfermo…» Las habitaciones de hospital, la curva del encefalograma, las venas con el suero, todos son emplazamientos que el cuerpo va ocupando y que cobran todo el sentido si nos sabemos en sus dominios. No es por tanto una carencia la enfermedad sino un lugar para sentir la vida —que, como sabemos, no es menos absurda para los sanos que para los enfermos— bajo unas condiciones específicas que ofrecen una insólita resistencia a seguir tirando con lo puesto, que es lo incompresible, lo inexplicable, y un inusitado valor para nombrarlo. Así, la enfermedad misma adquiere su estatus, una independencia tal que se le puede reconocer una voluntad no sólo sobre la vida sino sobre la forma de compartirla. «Democracia en su falla. El igual deja de serlo cuando el segundo exacto de la enfermedad.» La muerte aquí no es el final de la enfermedad sino uno de los imperios del cuerpo. La muerte está al final de la vida, claro, y es cuestión de tiempo para todos, pero para los enfermos es más una irrupción del espacio; en realidad parece más el triunfo del cuerpo que su final. Es el espacio por donde te desmoronas tanto como en el que te haces fuerte. «De los otros, no de la memoria viene la muerte.» Y a pesar de todo, la herida, el sueño no cumplido… son agujeros de la vida tanto para enfermos como para sanos. «…Contrasta la solidez del ladrillo de aquel laboratorio con estos cuerpos a medias, el libre albedrío con la herida que se oye cada amanecer cuando los enfermos recuerdan todo cuanto no fueron: hijastro autosuficiente, conductor suicida, madre siempre de manos anchas.» Quizá haya que pensar también que la enfermedad pueda ser percibida como una gradación: sería un mundo intensificado, entonces, pero no contrario a la vida. La llegada de la enfermedad sería apenas un punto más agudo, una sensación más acuciante en la percepción de la tragedia. Una sensibilidad hipertrofiada de la vida.

Posiblemente, una clave de la fuerza del presente poemario radica en la imbricación que se produce entre ese tiempo de la tragedia y el tiempo cotidiano, el tiempo que termina y el tiempo que continúa. La conciencia de ese tiempo que puede concluir demasiado pronto, entre pasillos, camas y ucis, cabe en el tiempo de los días, de las jornadas, que repiten sus ciclos de cotidianeidad entre esos mismos pasillos, camas y ucis. A veces llegan como las cosas que ya serán baja mañana, y a veces como las que siguen haciendo el día a día. «El ictus o miembro que ya no, cenizas derretidas, quizás mano rehabilitada para acariciar ese nuevo micromundo de sábanas recientes, perfume abierto, deportivas nuevas como ironía.»

El de la enfermedad, a pesar de todo, se presenta en Historial como un mundo entreverado de algo parecido a las esperanzas, si bien no encontraremos la curación en este libro, que en ningún momento se plantea como si de historias de superación se tratara sino, por el contrario, como si todo 152 estuviera constituido desde siempre. Quizás los puntos suspensivos que preceden a la primera palabra o que suspenden la última, en muchos de los poemas, tengan que ver con ese tiempo hacia adelante y hacia atrás, del que nada se puede decir, el fragmento que acaba pero con un sentido pendiente que encontrará su continuación en un fragmento futuro, o quizá el gesto de un encabalgamiento sin solución de continuidad. En cambio sí aparece el consuelo o, mejor dicho, el bálsamo aunque sea reducido a una mínima expresión de la vida corriente. Y donde hay esperanza, tiene que haber miedo. «…Mientras en los quirófanos se oiga el mar no habrá anestesia suficiente para el miedo.» El miedo está en la incertidumbre, lo que inquieta es el no saber, la vacilación del destino que en la enfermedad termina siendo la única lucha. «Envejecer obliga a consentir, mediación de la carne al silencio, caballo caminando sin herraduras, pájaro sin ala derecha. Hacer del menos virtud, hondonada brillante, hacer del miedo viveza, religión que no conjugué…» Pero es un miedo de los que te enseñan a tratar con las cosas en una estrecha franja donde se asume que no hay causas ni culpas, no hay una responsabilidad a la que aferrarse, solo un rastro constante de dolor sin razón. «Los recovecos del siempre. La sinrazón de la anomalía, su aprendizaje.»

Ya hemos dicho que prácticamente no está la curación en este poemario. Entendemos, entonces, que las enfermedades que aquí interesan son las incurables o quizá, más exactamente, lo que hay de incurable en todas las enfermedades o lo que hay de incurable en todos nosotros. Así, de Historial, quizá, podríamos decir que se adentra en una negación, explora con la luz de lo que no vamos a ser, de lo que ya no vamos a tener. No hay curación a la que se pueda aspirar, la curación no es una esperanza, al menos no lo es aquí, en este libro, donde la palabra no acaba sanando sino devolviendo las preguntas al sitio de donde partieron, para no dar la vida por sentada. Quizá ahí está lo que con mayor certeza podemos llamar curación: ampliar nuestra, en general, raquítica idea del principio de realidad; eso sería una curación que viene de la enfermedad.

Por último, mencionar una impresión: Historial es uno de esos libros en que la lectura parece captar algunas intenciones cuya interpretación no resulta sencillo fijar. Así, un aspecto de difícil precisión, pero al que tal vez merezca la pena aludir, es el que apunta a un cierto carácter épico con el que podríamos explorar algunos momentos de la lectura. «Tanto himno ¿para qué? ¿Para quién tanto ofrecimiento? No importaba el destino sino obrar. La nieve imaginada por tantas manos frías. Las arañas dejaron de tejer sus fastuosas telas porque nadie se ahorcaría allí. Pero era importante estar, permanecer en guardia ante un cielo sorprendido por no tener mensaje alguno.»

No me refiero a un desarrollo del género épico sino a trazos que nos ponen en ese lugar en que una acción y el canto que la refiere se encuentran en la palabra. En este sentido, esa densidad, que ya hemos mencionado, con que la enfermedad dota a lo real, parece suficiente para iniciar ese rasgo épico, forjar siquiera levemente un carácter o una condición, que Marta Agudo despliega hasta el final, hasta sus últimas consecuencias.

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