Martes, 26 de Marzo de 2019
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Un mensaje dentro de una botella

Un mensaje dentro de una botella

El día 30 de junio de 2015, a las 19:30, varios componentes del taller que coordino, La flecha y lo blanco, nos dirigimos a la Plaza de Santa Ana. El objetivo era sacar la poesía a la calle, con una acción colectiva que pusiera un broche, de apertura, al curso sobre teatro y poesía que habíamos desarrollado desde octubre y que estábamos ya finalizando. La idea original de repartir poemas dentro de botellas, como mensajes de náufragos, fue de Javier Lerena, votada y elegida por el resto de la clase, y a ella se sumaron otras aportaciones del grupo. Partiendo de la estatua de Lorca, la acción consistía en acercar a quien pasara por allí algunos poemas introducidos en botellas pequeñas de plástico, con una etiqueta que reproducía la siguiente cita de Paul Celan, que nos vino al encuentro en esos días: “El poema puede ser un mensaje dentro de una botella que se manda con la convicción de que en cualquier lugar y en cualquier momento pueda ser arrastrado hasta una orilla, tal vez la orilla del corazón”. En el Centro estuvimos personalizando las botellas y rellenándolas con poemas, flores, collages, dibujos, piedras… También, dado que partíamos de la estatua de Lorca, se prepararon “pergaminos” cerrados con cordones y cintas, que contenían algunos de sus poemas, para entregar a quien los quisiera.

 

 

Tal vez por ser final de curso, y a causa del calor hiperbólico de aquel día, fuimos pocos los que pudimos acercarnos a Santa Ana esa tarde. Nieves, Pepe Carranque y su compañera, Carmen Crespo, Manuela, Mari Nieves (que además de actuante fue “testigo”, grabando todo en vídeo) y su compañero, y yo, aunque llevábamos las botellas preparadas con mucha atención y mimo por todo el grupo. Esperamos en una terraza a que el sol se retirase de la estatua y nos encaminamos hacia allí, algo tímidos. Primero situamos las botellas a los pies de Lorca, y luego empezamos a acercarnos a la gente. No fue fácil. Insistíamos en que era un regalo, pero la mayoría de las personas no lo aceptaban, y escuchamos argumentos como “es que voy al dentista”, “no me interesan los poemas, vengo a la estatua a enseñarle a mi hijo el pajarito” o “¿para qué quiero yo un poema?, ¿para qué me sirve?” Los componentes del taller les contestaban, a veces: “Un poema te puede cambiar la vida”, le oí decir con pasión a Carmen Crespo. Otras veces se desanimaban, desconcertados por la reacción. Por la no recepción.  Aunque también sucedieron cosas muy hermosas, inesperadas. Un chico al que entregué la botella, y que la abrió delante de mí, se llevó la mano al corazón, me dio las gracias y me dijo que era lo más bonito que le había pasado en ese día. Tres ancianas se llevaron muy felices los poemas de Lorca, “a eso veníamos –nos dijeron-, a verle, y nos vamos con un poema, qué bien”. Y una pareja de ancianos, que se habían llevado muy agradecidos en sus botellas sendos poemas de Olvido García Valdés y de Philippe Jaccottet, volvieron para preguntarnos quién de nosotras era Olvido, y quién Philippe. Se me quedaron grabadas las palabras de otra persona, un hombre que pidió una botella más, además de Lorca, “algo más actual”, y se llevó por azar una acuarela de Mari Nieves, que había dibujado preciosos mirlos para acompañar las “maneras de mirar a un mirlo”, de Wallace Stevens. Se quedó un rato con nosotros, nos preguntó por el taller, por lo que hacíamos. Antes de marcharse nos dijo: “hacen falta más acciones como esta. No dirigidas a la inteligencia, sino al alma”.

Aquella tarde nos fuimos de allí con una sensación agridulce. Yo les decía: “pero está muy bien, solemos estar rodeados de gente afín, en el Centro, que comparte nuestra pasión, y esto nos da una medida real de cuál es el papel de la poesía, de cómo se recibe. Y son pocos, pero los que la acogen lo hacen plenamente, con pasión”. Pero confieso que también se me quedó una especie de desazón o de tristeza, la de haber comprobado, in situ, aquello tan manido de “la inmensa minoría”

Hace poco, un artículo de Giorgio Agamben me hizo volver a pensar en todo aquello, me ayudó a reconsiderarlo desde otra perspectiva. “¿A quién se dirige la poesía? Sólo es posible si se entiende que el destinatario del poema no es una persona real sino una exigencia. (…) Una exigencia es simplemente algo más allá de toda necesidad y toda posibilidad. (…) Benjamin escribió que la vida del Príncipe Myshkin exige permanecer inolvidable, aun cuando todos la olviden. De la misma forma, el poema exige ser leído, aun cuando nadie lo lea”. Gracias a estas palabras de Agamben, algo se iluminó con la certeza de que en ese calurosísimo martes de finales de junio, en aquella plaza concurrida, todos fueron, sin saberlo, lectores de poemas: los que acogieron, los que siguieron de largo y los que ni siquiera quisieron asomarse. Porque la presencia pequeña de aquellas botellas, con la misma inocencia del Príncipe Myshkin, exigió por unas horas ser leída.

Esther Ramón

 

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