Jueves, 14 de Noviembre de 2019
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Delito de vida

Delito de vida

Alda Merini
Vaso Roto
2019

ISBN: 97-884-94945-70-0

Delito de vida

Reseña de Leticia García para Nayagua 30

 

Es muy probable que, si la realidad que vivimos transmutara en el mundo poético de Alda Merini, esta sería algo más ordenada y coherente, y nosotros tendríamos menos miedo. 

Mira, sin conocer la abstinencia,
estas carnes purificadas de placer,
estos objetos sinceros en su orgullo,
de vida y recuerdos…
¿Es pecado vivirme a mí misma?

Delito de vida, publicado en 1994 en Italia y ahora en España por vez primera, constituye, además de un análisis de la poesía de Alda Merini a lo largo de varias entrevistas, una autobiografía en donde la vida deviene lírica de una forma tan conmovedora que incita a cierta plegaria atea: Alda que participas de la Anunciación que es el mensaje poético, que conviertes el sueño en palabra, venga a nosotros tu reino. El reino de Alda Merini fue su Naviglio en Milán, la casa de paredes pintarrajeadas donde se fotografió con su sempiterno collar y desnuda, llena de alegres arrugas y grandes pliegues, en una imagen que da un vuelco a la concepción de lo femenino, que simboliza la pasión amorosa imperecedera: «¡si estuviera aquí y viera que me enamoro a los sesenta y tres años»; y que se manifiesta en contra de los que «niegan a la poesía, a la mujer, a la eterna juventud de la mujer». Por eso, mucho antes de saber que Alda es llamada la poeta mística, reconozco en ella a la poeta de la Palabra, la Verdad y la Vida.

 

La Palabra

Alda Merini organiza su autobiografía en pequeños círculos, y el movimiento de vida que describe es lo contrario al devanar y más similar al de la peonza que se desplaza mientras gira sobre sí misma: «En mi lenguaje la palabra Amor […] sirve para indicar la trayectoria limitada e ilimitada de la infancia, que brota del origen y regresa a la memoria para crear al débil, al fuerte, al omnipotente poeta». La síntesis entre poesía y vida la expresa no solo a través de las nociones contradictorias de fuerza/debilidad, eternidad/finitud, sino al aceptar que la experiencia intelectual y sublime del poeta es generada desde esa otra, orgánica y torpe, de la infancia. Así, la palabra poética Amor fusiona cuerpo e idea en una comunión que explica Umberto Galimberti: «la experiencia de nuestra corporeidad no es la experiencia de un objeto, sino de nuestra manera de habitar el mundo». Es natural entonces que para Alda Merini el nacimiento sea «el acontecimiento supremo de nuestra vida. En el cuerpo natural del ser humano se encuentra el germen de lo que este será el día de mañana, los amores que encontrará, los cinismos, incluso la muerte». Por eso, la frase con la que comienza Delito de vida (Nací el 21 de Marzo, a las cinco de un viernes lluvioso), resulta ser una reinterpretación en prosa de aquellos versos suyos en Vacío de amor:

Nací el 21 en primavera
y no sabía que nacer loca,
abrir terrones
pudiese desencadenar tormentas.
Así, Proserpina leve,
ve llover sobre la hierba,
sus gruesos trigos gentiles,
y llora siempre al véspero.
tal vez sea su ruego.

Versos en los que el alumbramiento de la niña es la de la poeta. Así, Delito de vida es también la narración de la bella e indisoluble relación entre Alda Merini y las palabras: «toda pasión incendia. El fuego que abrasa las escorias nos conduce a la pureza y, en un instante, las transforma en la consecuencia de una inmensa fulguración de conocimientos. Así nacen los profetas y, en un grado menor, los escritores. Desde mi infancia otorgué gran valor a los sentimientos, pero recuerdo también cómo saltaba de gozo cuando descubría una palabra que incendiaba mi fantasía».

  

La verdad

Uno de los rasgos más hermosos de Delito de vida es que, a pesar de estar escrito en prosa, Alda Merini jamás abandona su lenguaje poético, ni la parte autobiográfica, ni en las entrevistas que siguen después. Su lenguaje muestra una gran voluntad de renovación y elabora nuevos significados cuando redefine no solo los símbolos de la tradición clásica o moderna, sino también arquetipos como el pecado («el pecado de amor es un medio de conocimiento»), el amor o la mujer: «no es la mujer real lo que elaboro, sino el concepto de mujer. Tampoco el padre R. era un amor, sino un concepto de amor. He aquí la importancia del lenguaje». Alda Merini modifica imágenes clásicas, a menudo mediante la contradicción, para inyectar un cambio de perspectiva. Así, en el eros atribuye al hombre los mismos rasgos que la tradición ha otorgado a lo femenino, de forma que la mujer deja de ser objeto y se convierte en sujeto, como en su obra la Presencia de Orfeo: «qué desnudo estás, amor / desnudo y sin defensa / soy la verdadera cítara / que golpea tu pecho» o en Clínica del abandono: «Tú que eres joven / como un cervatillo / y vas por los bosques de la tentación / sepas que soy Diana cazadora». Sus nuevas metáforas encuentran eco en la literatura moderna, en aquellos alimentos terrestres de Gide: «He visto un ángel dulce / aferrar tu dulce arroz / y llevarlo a mi boca», o en el cine con la Rebeca de Hitchcock o El portero de noche de Liliana Cavani. La figura del Portero es una de las imágenes más dolorosas de Delito de vida, es el terror que viola a Alda Merini todas las noches desde que es encerrada en el manicomio. A lo largo de su autobiografía, esa alucinación –eco de un lejano trauma infantil apenas recordado a causa de los electrochoques a los que fue sometida en el manicomio–, penetra en el terreno lírico, a veces tormento y otras placer, un cielo e infierno emocional y postraumático que subyuga a la poeta: «ver al portero real (tal cual es) significaría obnubilar los recuerdos más bellos y vivos de la existencia para dar sitio a los horrores. Y el ave fénix que renace cada mañana no podía sino inventar el Delirio amoroso». Para narrar el maltrato que experimenta en el manicomio utiliza otra de las imágenes más llamativas de Delito de vida: la muñeca de la psiquiatría. Está inspirada por el Ballet Coppelia y representa la deshumanización de esa especialidad médica, que logra castrar a la enferma y robarle su capacidad engendradora: «Coppelia, o sea, la muñeca empotrada, dejó caer en el espacio su largo velo de novia. El velo

no hizo ruido y se fue a morir en la noche de una Navidad: el hijo no nació, ya no nació ningún libro». La prosa pierde intensidad poética y se torna reflexiva en las entrevistas de la parte final del libro, que abordan cuestiones tanto personales como literarias. Alda Merini, que vivió casi veinte años en el manicomio, nunca se muestra evasiva y cierra contundentemente el debate sobre la enfermedad como generadora de arte: «No es real que la esquizofrenia genere arte; la esquizofrenia es un abismo y es una grieta simultánea entre la ley del silencio y la inteligencia» o «el manicomio no crea poesía, en todo caso la poesía es manicomio, ya que el poeta tiene una sensibilidad exacerbada, demasiado lábil, demasiado civilizada». Gracias al valor y la verdad de su testimonio, poético y contestatario, logró que en Italia se promulgara la ley que prohíbe el internamiento de los enfermos mentales en los manicomios cuando es en contra de su voluntad.

(…)

 

Reseña completa en Nayagua 30

 

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