Jueves, 6 de Agosto de 2020
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Diarios de la alegría

Diarios de la alegría

María García Zambrano
Sabina editorial
2019

978-84-949967-2-6

Diarios de la alegría

Reseña de Julieta Valero, Nayagua 30

Roce, rastro, gratitud

 

Estas palabras de presentación de los Diarios de la alegría[1] no pueden partir del acto de la escritura, aunque indefectiblemente pasen por ella. El lugar en que nos sitúa y en que propongo humildemente abordarlos está tan honesta y extraordinariamente alineado con el más profundo sentido de la vida que comenzar hablando del cómo, aunque sea su qué, sería parecido a estar ante un chopo y hacerle una fotografía. No. Debo empezar por un espacio de vida aún anterior o acaso hermanísimo de la alegría que fundamenta este libro. Y para eso voy a citar unos versos que me sacudieron profundamente en los días en que estaba sumergida en el texto (cada vez creo más en las causalidades...). Pertenecen al poema "Remanencia", de René Char:

 

¿Qué te hace sufrir?

Lo irreal intacto en lo real devastado.

 

Lo repito porque es un dardo denso y un pellizco de verdad que cuesta acoger:

 

¿Qué te hace sufrir?

Lo irreal intacto en lo real devastado.

 

Quienes hemos tenido el privilegio de seguir la labor poética de María García Zambrano sabemos que el temblor del cielo que acogía y narraba generosamente La hija y que la amalgama de amor y de ira que contiene el libro que escribió después, aún inédito eran, a la luz del acarreo que es vivir, y del que da cuenta la escritura, necesarios para que exista hoy este libro luminoso, de la misma forma que el desajuste que produce no alcanzar la perfección (estéril) de nuestros deseos primigenios, o de su forma artificiosa, genera una intacta irrealidad en nuestro interior que contrastará produciendo un sordo desgarro, probablemente para siempre, con la realidad de la vida, antes o después para todos devastadora. Un acúfeno, un sonido íntimo ineludible, ojo sin párpado. Quiero decir que para hablar con propiedad de la alegría hay que saber, desde el todo que somos, lo que es el sufrimiento. Y que forma parte de la condición humana.  

            Así, y entonces, es posible dar, nada más abrir este libro, una excelente noticia:

Hay un lugar de hondura anterior incluso al Amor más puro. Hay un subsuelo límite hacia nuestro centro, hay un Centro que no es solo el volcado celebratorio y lacerante del acto de amar. Cito la primera parte del primer poema de los Diarios de la alegría (perteneciente a Preludio de la alegría):

 

Desde la médula

Escucha al árbol

su no fragilidad

desciende

   a la raíz

imperturbable.

 

―Creías conocer

la transparencia del amor

el centro oscuro de la luna

 

sabiduría vana frente al hueco

donde albergar

   la gratitud

un día de verano―

 

LA GRATITUD

El lugar medular de la vida, de este libro, es la gratitud pero la actitud que la posibilita es la escucha: "Escucha al árbol / su no fragilidad".

            La naturaleza, la verdad del mundo antes de nuestra intervención, es una obviedad de armonía que se nos brinda. Si sabemos que la condición de la vida es porcelánica, que lo raro es esa no fragilidad, entonces puede abrirse el inmenso espacio perceptivo del mundo como un milagro en su en sí lleno de fugacidad y de misterio. A la vez palmariamente cierto, y fuerte. Por su firmeza, casi atemporal:

No juzgues el limo / escucha la paciencia de las piedras.

Sí. Casi desde su obertura, algo importante sucede y exigen Los diarios de la alegría para ser transitados y tiene que ver con la atemperada atención que muestra la voz poética. En la espera conectamos con la inquietud fundamental y con una fundamental amplitud. Sin esa espera no se darían ni la epifanía de quien mira, ni la textura material y tan sustanciada de los versos ni, por supuesto, la experiencia de la lectura. Me sirven para este pensar compartido unas palabras de Chantal Maillard de su ensayo La baba del caracol (epígrafe "Aquietarse, Escuchar. Respirar"): [2]

Un universo en el que nada se detiene, en el que todo con todos estamos en proceso, un mismo proceso com-partido. Cada cual, una trayectoria vibrátil que converge, se superpone, confluye, desaparece. Yo sucedo al mismo tiempo que esta mesa, que usted... Confluencias. ¿Tiempo? Otro tiempo. El de los relojes, no; nada que solidifique las fuerzas. Un tiempo que permita acontecer entre todos y, a la vez, dar cuenta de ello. Entrenarse en ello, en esa temporalidad del suceder, tal vez sea cuestión de escucha, no de discurso. 

Por lo tanto, primero es la escucha; de seguido la noción de la delicada imperturbabilidad de la vida: “Estas son tus pertenencias / musgo / pies / tronco / nervaduras / firmeza del árbol frente a lo efímero”. Pero esa firmeza que permanece solo se explica porque se es capaz de percibir el cuidado, otro de los ejes de estos diarios: el mimo de las formas de la vida y cómo este se produce en un metamórfico entretejerse que es la naturaleza principal del amor; la interrelación de cada uno de sus componentes: son esas nervaduras del árbol, son también “mariposas sobrehilando / los cuerpos”, es el “chopo / que arrulla a la nube / con su tronco perfecto”. “El amor sostiene nuestras vidas”, se nos dirá muy avanzado el libro. Pero se nos hace saber desde este preludio que solo nuestra transitividad nos otorga la cualidad de seres vivos.

A todo esto, la escritura. Que quien habla en estos versos tenga una relación doméstica, (tan envidiable) con la gracia plena del mundo no le libra de la necesidad de ser y hacerse en términos de lenguaje. “La primavera no se piensa, pero yo no soy la primavera”, escribió Juan Gelman. En el poema “No hallaría palabra tan pura” la poeta no encuentra imperfección ni banalidad alguna en el paisaje pero se pregunta “quién podrá nombrar / esta belleza”. Aun cuando fuera posible atrapar en un verso la historia de la libélula azul que vuela paralela al río, “no hallaría palabra / tan pura / para acoger / el dulce / temblor / del agua”. No se puede nombrar la sagrada, complejísima y apabullante relación de los seres entre sí, que es la raíz de la Vida toda, pero decir esa misma precariedad del lenguaje, que define nuestra naturaleza humana e intentar, contradictoria y tiernamente habilitarlo, deviene en el motor radical de la poesía y es, ante todo, una alta muestra de compasión. Un nido.

En los poemas que anteceden y siguen a este que cito, se configura esa relación de necesidad, intuitiva, e indeseada también, con el lenguaje. La fisicidad de las palabras, su “húmeda consistencia” acoge el dolor, sí, nos sumergen en el sueño verbal, pero desplazan “lo que importa”: “el leve parpadeo de la alegría”; y la poeta, entonces, se lamenta: “no soportas / el alfabeto que entorpece / esta contemplación”. Finalmente no hay batalla, nunca la hubo, el musgo como símbolo de la silente y todopoderosa supervivencia nos lo recuerda, “sagrados nuestros nombres / dichos / así / con la gratitud / del musgo / aferrado / a la sólida / roca”; y el árbol muestra el único camino posible, el de la asunción: “Aceptas su belleza / sin más expectativa / y vives”.

Algo se ha liberado cuando estamos completamente aquí sin ansiedad ante nuestra imperfección. En los diarios que siguen ―que abarcan las cuatro estaciones, desde el verano a la primavera siguiente, entre dos años consecutivos―, este aware, este asombro puro ante la naturaleza de la vida, se vuelve sobre la propia conciencia y acoge a la poeta y a sus seres amados como tierna parte de ella, en una suerte de extenso haiku heterodoxo en el que pareciera que la compasión pudiera suspender el juicio, momentáneamente, y hacer sitio a la falibilidad humana, y a su irrenunciable yo. No se trata de una construcción identitaria. Nada más, nada menos que un ser vivo, recipiente y productor de impresiones; por debajo, y desde su trabajo espiritual, acaso un alma; algo que vibra, busca, vincula. Se compromete. No es casual que comiencen estas entradas de diario alquimizadas de entrega a la vida con una subversión, aquí ya benéfica, del poder de la escritura, que ahora permite a la poeta contemplar la plenitud brevísima de la libélula y regresar a “la casa con su vuelo / prendido / en la escritura”; o equilibrar el amor de la madre (entendemos que su entregada voracidad ahora nos es propia) percibiendo que “ya no existen ataduras / en la lengua materna”; o, al escuchar el balbuceo de la hija saber que “ese lenguaje ya estaba en ti” e invitarse, invitarnos a “amar su sentido”. Redención del lenguaje que es redención de personas, entre personas.

Y los poemas se van brotando de infinitivos como decálogo viviente de la realidad de la propia existencia y del deseado proceder moral, en una propuesta ética que considera el corazón como principal órgano pensante del que disponemos, y el único certero: “Desear la alegría”, “Cultivar la ternura / la compasión / deliciosamente”, “Despertar a las bestias con bocanadas / de belleza”, “Sentirse criatura alada”, “Acoger el roce cálido del sol” y “Albergar un porvenir luminoso”.

 La alegría es una cotidiana, disciplinada y placentera suma de infinitivos. Por ahí entra la esperanza, que siempre estuvo; por ahí se pre conjuga el futuro y la “gratitud de intuirse a salvo / con alguna herida-sutura”. Por ahí y por todas partes la hija, la mirla espolvorea la realidad con sus “amaneceres de sonrisa blanca” y su saber absoluto del “arte de vivir”.

La última palabra de los Diarios de la alegría es "Felicidad". Si pelamos el celofán comercializado de su uso, es el sustantivo menos ingenuo, más devastado y más valiente de los pronunciables, el que lleva la marca del roce, la herida, el daño y la gloria del vivir. Inger Christensen escribió “Felicidad es el cambio que me ocurre cuando describo el mundo. Le ocurre al mundo”. La mujer, la madre, la poeta ha hablado. Sabe hacer muchas más cosas, pero no puede renunciar a su asombrado Decir, y es su palabra, materia de vida, el rastro y la ofrenda generosa de una entrega total y de una total modificación, que ahora nos mira.

 Julieta Valero

 


[1] Texto leído a modo de presentación de los Diarios de la alegría, de María García Zambrano, en la librería La Central. Madrid, 17 de junio de 2019.

 

[2] Chantal Maillard, La baba del caracol, Madrid, Vaso Roto, 2014, p. xxx.

 

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