Lunes, 12 de Noviembre de 2018
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La herida en la lengua

La herida en la lengua

“Qué extraño es todo esto”, por Anna Tort
(reseña publicada en Nayagua 22)

“Cada viaje ahonda en la extrañeza”. Lo escribe Chantal Maillard a propósito de sus viajes a la India. En el viaje nos adentramos en lo desconocido y podemos, atendiendo a lo que para nosotros es nuevo, desacostumbrar nuestra propia mente, desasistirnos de nosotros mismos. Adelgazamos. Nos perdemos. Nos ahuecamos. Algo parecido ocurre en los libros de Maillard, planteados como peregrinajes textuales en los que los derroteros del lenguaje se exploran hasta la extenuación. Hasta el balbuceo. La herida en la lengua es una nueva versión de estos periplos interiores que, más que ir hacia delante, nos proponen un retorno hacia un antes para el que ya no sirve la eufonía de las palabras, alcazabas para el yo: “Dormir / como / hacia el origen / antes de la escritura / antes de la palabra”.

El trayecto se nos plantea en tres etapas (“La herida en la lengua”, “Sidermitas” y “Balbuceos”) y, como compañeros de viaje, nos encontramos con las ilustraciones de David Escalona, en una muestra más de las redes interartísticas que tiende Maillard y en un nuevo intento de explorar modos de expresión que rebasen la palabra. En la maleta, descubrimos algunos “hilos antiguos»” que reconocerán los que estén familiarizados con la escritura de la autora: el en su pugna por hallar ventanas y la conciencia observadora en su asumida contradicción: “La conciencia es un mí encubierto”. El no puede salir de sí mismo porque no puede más que reiterarse mientras se dice. ¿Quién dice? ¿Quién hay al otro lado de la ventana, donde no somos? El lenguaje, “lujosa encuadernación / de la ignorancia”, mengua: “Fuera de mí / la lengua retrocede”. El foco se traslada, entonces, del supuesto perceptor a lo percibido, del que dice a lo que oculta diciéndolo, de la verdad al aire: “Os hablo de cosas muy concretas. / Quien habla es lo de menos”.

Encontramos en el poemario una voluntad de reintegro en el aquí –el “instante-já”, decía Clarice Lispector–, muy acorde con el ejercicio del haiku. El principal escollo: la mente, en su gotear agotador que enturbia el aire: “La mente como una mosca incordiante / Manotazo”. Mejor las alpargatas, los pájaros, las hormigas, la lluvia, las arañas tenebrosas, el viento de marzo, el árbol de orquídeas o las abejas zumbando en las flores de olivo, porque “Tanto tiempo buscando el camino / hacia lo no-pensado… / ¡La cola del gato lo señala!”. La cola del gato indica lo inmediato. Ahora. De la misma manera, lo puede hacer el poema, entendido como predisposición, como actitud receptiva y quizás como sanación. La sanación –o al menos la expresión– de una herida común sobre la que andamos la mayoría de las veces con el caparazón de nuestra ansiosa identidad. De ahí la apertura que proponen, como conductos, los poemas: de lo propio a lo ajeno, de la mente al gesto, de la de Ludovico a Hadewijch, de la tinta a la sangre. 

A partir de aquí, la voz se convierte en eco en la galería que nos conduce a un hipotético origen, a un posible antes de escupir la lengua en el mundo. Se nos presentan los sidermitas: “Eran una / sola resonancia / de infinitas voces / retumbando en el caos.” Origen balsámico para nuestra desarraigada estirpe, para el desamparo, para esta lengua herida con cuyo dictado nos hemos cubierto de explicaciones razonables, de nombres para el fuego. De la mano de los sidermitas, se nos invita a soltar la cuerda, a saltar, a retornar “al oscuro principio / de la llaga”, donde no hay gramática para el instinto. Hay transparencia. Hay eco. Y el eco hace resonar en nosotros la herida de todos, porque “traspasa / e impulsa / adentro de la córnea / la extraña coincidencia / de lo desemejante”.

Desprendida la conciencia, se produce el balbuceo. En los balbuceos de la tercera parte del poemario, la estructura entrecortada da lugar a otro tipo de expresión más dilatada. Como nos enseña Chantal Maillard a través del tejido en confección que conforman sus libros, todo viaje es también –y sobre todo– un viaje lingüístico. Hallamos aquí los ecos de Friedrich Nietzsche y el caballo de Turín, Celan y el puente de Mirabeau, Friedrich Hölderlin, a las orillas del río Neckar, y su alusión al balbuceo de los niños pequeños: “pallaksch, pallaksch”. De nuevo, la escritura de Maillard se convierte en reescritura, en túnel: “Si viniera, / si una mujer viniera, ahora, / si una mujer viniera al mundo con / la espiga de luz de / las matriarcas: debería / si hablara / de este / tiempo / debería / tan sólo balbucir, balbucir / y así tal vez / tal vez así / asíasí / tal vez”. Se cuelan también en el texto unos balbuceos antiguos que, en este ejercicio conectivo al que nos tiene habituados la autora, adquieren ahora otro lugar, otro tiempo, otro sentido: “La fe de los comienzos, no. / El perdón / no. / Sólo / el balbuceo”.

Pero estos no son los únicos ecos que encontramos. Más importantes son las resonancias de los genocidios de Namibia, Armenia, Ucrania, España, la Franja de Gaza; o las masacres de los vietnamitas, camboyanos, kurdos, serbios, argelinos, haitianos, tutsis y hutus, guatemaltecos, libaneses y palestinos. Acontecen en el texto, bajo la forma de una enumeración sin concesiones, mutilaciones, torturas y vejaciones silenciadas. Todo ello con el beneplácito de “la esclarecida Europa” y en nombre de sus discursos. Convergen, en el mismo espacio, genocidios, matanzas, campos. Pero no aparecen en su dimensión conceptual, sino por medio de una concreción demoledora (ya habíamos sido advertidos en la primera parte: “Oídme. Hablo / de cosas muy concretas”) e intercalados con una constante interpelación al lector y a quien escribe. ¿Los recordamos? Y, si es así, ¿nos sentimos concernidos? Las cifras del horror parecen directamente proporcionales a su espectacularización y, por tanto, a nuestra no implicación. La abstracción es un eximente: “La lengua inventa expresiones, lugares comunes: 'genocidio', 'exterminio', 'masacre', 'desastre' para disimular en el concepto lo que de ella se desborda”. La violencia y el hambre no se nos escatiman en esta amalgama de seres que se superponen y que nos conducen a una lengua temblante, con dificultades para decir el dolor. De ahí el balbuceo, con la herida al filo de la lengua. A salvo, quedan los animales (tigres, elefantes, ballenas, aves, lobos, reptiles, panteras…), que se convocan de nuevo como posibilidad de remisión, de tregua, de reinserción en el caos. Y es que la  violencia del animal en su lucha por la supervivencia nada tiene que ver con la del ser humano: “Ninguno (…) esclaviza a otro por provecho o diversión, ninguno encarcela a otro para contemplar las piruetas que da tratando de hallar salida. La crueldad no son las fauces del tigre en el cuello de una gacela, no, la crueldad es moral, y la moral es humana. La estupidez también”. 

En Hilos (Tusquets, 2007), el foco principal de observación se situaba en la mente y sus vaivenes. Cual era el personaje anónimo que, en la segunda parte del poemario, trataba de hallar un cauce al sofoco planteado en la primera. La herida en la lengua nos invita ahora a una observación en la que lo singular (“el dolor siempre acude en singular”) vuelve a elevarse al terreno del poema. Un poema que diga el Hambre, reivindica la autora. Un poema que nos concierna. “Yo no soy inocente. ¿Lo es usted?”, nos espetaba la voz de Matar a Platón (Tusquets, 2004). Así nos increpaba también el poema Escribir, bajo la forma de una herida convertida en llanto y en grito: “abrid los ojos: ¡ved! / es tan terrible vivir / ¡quien sobrevive saluda! / morituri somos todos”. En este nuevo volumen, Chantal Maillard nos ofrece otra excelente muestra de una escritura hacedora de la que, si recorremos con ella camino hacia la extrañeza y la compasión, no saldremos indemnes. Porque, tras haberle puesto interrogantes hasta al vacío –¿ ?– (la maleta, aunque llena de vacío, sigue pesando), se impone un retroceso: “Desandar lo andado”. Antes.  

 

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