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Los afectos

Los afectos

Ernesto García López
Varasek Ediciones
2019

ISBN: 97-884-94946-00-4

Los afectos

Reseña de Esther Ramón para Nayagua 30

 

«Un afecto, que es llamado pasión del ánimo, es una idea confusa, en cuya virtud el alma afirma de su cuerpo o de alguna de sus partes una fuerza de existir mayor o menor que antes, y en cuya virtud también, una vez dada esa idea, el alma es determinada a pensar tal cosa más bien que tal otra.» Es esta una de las definiciones de afecto que nos brinda en el siglo XVII el filósofo y visionario Baruch Spinoza, heredero, crítico, del cartesianismo, en su Ética (3ª, prop. II). Dicha fuerza de existir, a la que nos remite Spinoza y que, ante determinados acontecimientos, «es mayor o menor que antes», dicha «pasión del ánimo», es antes que nada relacional y tiene que ver con cómo a cada persona le afecta, le atañe, o le resulta indiferente, lo que sucede a su alrededor, y cómo esos afectos nos llaman o no a la acción o nos sumergen en la pasividad de la tristeza. 

El también revolucionario pensador contemporáneo Gilles Deleuze, discípulo y heredero apasionado de Spinoza, a quien dedica varios ensayos a lo largo de su vida, incluyendo su tesis doctoral, reactualiza el pensamiento central de la Ética y nos plantea, a la luz de su filosofía, importantes cuestiones que podemos repensar ahora desde la perspectiva de una sociedad –la actual, la nuestra–, sumergida en una satisfacción pasiva y autocomplaciente, conducida a un progresivo letargo que se ve sustentado por el uso indiscriminado y aislante de la tecnología.

Desde su voz enlatada de 1996, un Deleuze ya maduro mira de frente a la cámara (nos mira, de frente) y dispara dos preguntas o dardos insoslayables, en la estela filosófica de Spinoza, que, si nos planteáramos seriamente contestar sin sonrojo deberían modificar radicalmente nuestra actitud ante la vida: «¿Qué puede un cuerpo?, ¿de qué afectos sois capaces? […]. Los cuerpos no se definen por su género o por su especie, por sus órganos y sus funciones, sino por lo que pueden, por los afectos de que son capaces, tanto en pasión como en acción [...]. La tristeza, los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia de obrar. Y los poderes establecidos necesitan de ellos para convertirnos en esclavos. […] No es fácil ser un hombre (o mujer) libre: huir de la peste, organizar encuentros, aumentar la capacidad de actuación, afectarse de alegría, multiplicar los afectos que expresan o desarrollan un máximo de afirmación».

Para Ernesto García López, autor del poemario Los afectos (Varasek, 2018), Baruch Spinoza es «un autor de enorme contemporaneidad» y además «una de las almas más tolerantes y transgresoras que he conocido». El título del libro, que se abre con una cita de Spinoza, supone una inmersión en la ética del filósofo, que abre ante todo, para el poeta, un interrogante, una posibilidad. «En el espectro de los afectos, de sentirse “afectado /a” por algo, ¿cómo habitar ese espacio del otro?» La pregunta adquiere un alcance inusitado si la aplicamos a un hecho muy concreto, vivido de primera mano por García López y que supuso la génesis de este libro singular que nació en el verano de 2015, en el que confluyó la estancia vacacional del autor, en una isla griega cercana a la costa de Turquía, con la llegada de refugiados sirios que trataban de atravesar el Egeo para llegar al continente europeo. El hecho de habitar dos capas de la realidad tan divergentes: la crisis de los refugiados y el espacio relajado y placentero de lo vacacional, le llevó en primer lugar a indagar lo más posible sobre los acontecimientos que había presenciado, pero también a habitar una extrañeza difícil que derivó en un reto, planteado en el ámbito del poema: el de habitar el lenguaje desde la más absoluta incomodidad, y el de pensar los problemas sociales tratando de salir de los estereotipos lingüísticos.

Para ello, Ernesto García López decidió trabajar, en correspondencia con lo vivido, con diferentes capas de materiales lingüísticos (periodísticos, pictóricos, poéticos, históricos), y con diferentes tiempos, y ponerlas a dialogar por confrontación y contigüidad, para generar líneas de fuga y aperturas. Si el lenguaje poético se sirve constantemente del desplazamiento (analogía, viraje brusco, cambio súbito de placa tectónica), en esta ocasión se realiza la operación contraria, una especie de desplazamiento centrípeto, como si el poemario fuera un imán potente y en su centro, al que se van adhiriendo las más diversas manifestaciones del metal lingüístico, que vienen del afuera, de la superficie. Se traen al ámbito del poema los lenguajes informativos, asépticos y emocionalmente desactivados, que ya no nos «afectan», para así activarlos de nuevo hacia la densidad y la emoción.

(…)

 

Reseña completa en Nayagua 30

 

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